Algunos mitos sobre sexo son tan antiguos y están tan asentados culturalmente que rara vez se cuestionan, pese a que la investigación científica lleva años acumulando datos que los contradicen de forma bastante clara y consistente entre distintos estudios.
Repasar estos mitos, junto con lo que realmente dice la evidencia disponible, resulta útil no solo por curiosidad, sino porque muchas de estas creencias siguen generando expectativas poco realistas o incluso decisiones cotidianas basadas en información que, sencillamente, no es correcta.
Aquí van algunos de los mitos sexuales más extendidos que la ciencia ha desmontado con más claridad, pese a que siguen circulando con la misma fuerza que si nunca hubieran sido investigados.
El mito de que los hombres piensan en sexo cada pocos minutos
Esta cifra, repetida durante décadas sin ningún respaldo real, fue desmentida por estudios que utilizaron métodos de seguimiento más rigurosos, mostrando que la frecuencia real de pensamientos sexuales varía enormemente entre personas, sin que exista una cifra fija aplicable de forma general a todos los hombres.
La variabilidad encontrada en estos estudios fue, de hecho, mucho mayor de la que sugería el mito original, lo que refuerza la idea de que no existe un patrón único válido para todo un género.
El mito de que las mujeres desean sexo menos que los hombres
Aunque históricamente se ha asumido una diferencia significativa en el nivel de deseo entre géneros, la investigación más reciente sugiere que estas diferencias son bastante menores de lo que se creía, y que factores sociales y culturales explican buena parte de la brecha percibida más que una diferencia biológica fundamental.
La forma en que se ha educado tradicionalmente a hombres y mujeres respecto a expresar o reprimir su deseo probablemente explica más esta diferencia percibida que cualquier factor puramente biológico entre ambos sexos.
El mito de que el alcohol mejora el sexo
Pese a la creencia popular, la investigación muestra que el alcohol, más allá de cierta relajación inicial, suele reducir la capacidad de excitación física y la sensibilidad, además de dificultar alcanzar el orgasmo, algo bastante contrario a la idea de que facilita una mejor experiencia sexual.
Su efecto desinhibidor inicial puede facilitar dar el primer paso, pero a partir de cierta cantidad, los efectos fisiológicos negativos suelen superar ampliamente cualquier beneficio relacionado con perder la vergüenza inicial.
El mito de la refractariedad universal tras el orgasmo
La idea de que existe un periodo obligatorio de descanso tras el orgasmo antes de poder volver a excitarse se aplica de forma muy distinta según la persona, y numerosas mujeres, en particular, no experimentan este periodo de la misma forma que sugiere la creencia popular sobre el tema.
Asumir que este periodo de descanso es universal e idéntico para todo el mundo genera expectativas poco realistas sobre cómo debería funcionar el cuerpo de cualquier persona tras un orgasmo concreto.
El mito de que la masturbación reduce el interés en la pareja
La evidencia disponible no respalda la idea de que masturbarse reduce el interés sexual hacia la pareja; al contrario, distintos estudios sugieren que el autoconocimiento derivado de esta práctica suele mejorar la comunicación y la satisfacción dentro de la vida sexual compartida.
Este mito, sin fundamento real, sigue generando culpa innecesaria en muchas personas que practican la masturbación con normalidad dentro de relaciones de pareja completamente satisfactorias.
El mito de que el sexo siempre debería doler la primera vez
La creencia de que la primera relación sexual con penetración implica necesariamente dolor no tiene una base biológica sólida y generalizable; el malestar, cuando ocurre, suele relacionarse más con la falta de lubricación, la tensión muscular o la ansiedad que con una supuesta obligación anatómica universal.
Normalizar este dolor como algo inevitable ha llevado, durante años, a que muchas personas no busquen soluciones sencillas, como más tiempo de estimulación previa o el uso de lubricante, que podrían haber evitado buena parte de esa molestia.
Por qué estos mitos siguen circulando pese a los datos
La persistencia de estos mitos, pese a la evidencia disponible, se explica en parte por la falta de educación sexual rigurosa y por la facilidad con la que este tipo de creencias se transmiten socialmente, mucho más rápido de lo que tarda la información científica en llegar al gran público.
Contrastar activamente lo que creemos saber sobre sexo con fuentes divulgativas fiables es, probablemente, la mejor forma de ir dejando atrás mitos que, aunque muy repetidos, tienen bastante menos fundamento del que su popularidad sugiere.